5 de agosto de 2012

Carta a mi mismo.




Será necesario que yo aclare que solo quiero sacarme esto del pecho? Que no busco conmiseración?


Es jodido esto de recordar las cosas. Es un hecho comprobado que la gente cambia y bajo ningún término se está obligado/a a cumplir lo que se ha dicho. Después de todo las palabras se las lleva el viento, el papel aguanta con lo que le escriban y la mente, de manera acertada se encarga de olvidar lo que no nos conviene.

No es nuevo para mi que hayan habido espinas. No habrán sido solo cardos los que me han florecido, pero sería injusto también decir que he tenido un camino de rosas.

En este constante ir y venir en el que he estado roto, quebrado, maniatado, golpeado, curado, restablecido, reconstruído y vuelto a resurgir he encontrado el aliento de gente inesperada, apoyos repentinos y que (para no parecer animal) he sabido agradecer .... pero también he visto la espalda de quienes hubiera creído que me dieran muestras de solidaridad. A estas alturas del partido cabe preguntarse por qué hay un patrón repetitivo? Alguien que conozco ensayó una suerte de solución para mi tribulación y me la ha dicho: ¿cómo queremos lograr resultados diferentes haciendo las mismas cosas? Recordándome por qué es necesario reflexionar sobre lo actuado y planificar para saber donde llegar.

Pues creo que he tenido un renacer, por centésima vez si se quiere. Soy optimista que en esta ocasión me ha calado hondo el darme cuenta de varias cosas a la vez.

La primera, que confiar en las personas es la receta perfecta para llevarnos decepciones. Hay que evitar a toda costa delegar y a los únicos a los que podemos exigirnos, es a nosotros mismos.

La segunda, que se puede admirar y disfrutar las cosas simples de la vida, como un atardecer, una brisa que refresque un día caluroso, departir con un desconocido que probablemente nunca más volvamos a ver en la vida, salud, bienestar, un techo, la vida misma! Son tantas cosas que la prisa de lo cotidiano nos hace pasar por alto!

La tercera, que lo material nos ha comido el mandado: Demasiadas cosas que no necesitamos, lo mundano, lo banal y lo intrascendente se ha apoderado de nuestras vidas. Tenemos que volver a las raíces. Escasean las personas auténticas y lo superficial impera.

Quiero dejar constancia de este aprendizaje que he tenido. Que el orgullo no alimenta pero es bueno tragárselo muy a menudo. Que las metas propuestas desde el enojo conducen al fracaso. Que el resentimiento es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Que querer lo mejor para los hijos debe ir acompañado de un enorme esfuerzo, dedicación y constancia. Que las cosas buenas se cosechan después de ponerle tesón y mucho ahínco. Que si Dios me da vida, espero ver a mis hijos como adultos de bien sin taras mentales ocasionadas por descuidos o negligencias mías. Que de solo leer todo lo que he escrito se me pone la piel de gallina.

Pero ya basta de tanta perorata, empecé relatando y típico en mi, me fui divagando. Mala maña de aquellos que tenemos tanto que decir y tan poca gente con quien compartirlo. Al paso que voy esto terminaría siendo un ensayo de proporciones bíblicas. Mejor me voy a confeccionar más historias en mi cabeza, esas que quien sabe si algún día verán la luz.



Deshi Basara! (Rise)



1 comentario:

Rebeca dijo...

Te escribo aquí porque no me deja hacerlo en tu último post, de todas maneras ambos están enlazados, que nos fallen las personas que realmente nos importan es decepcionante, pero pasa, y aunque nos neguemos a hacerlo, al paso del tiempo volvemos a ocnfiar, a veces pienso cómo puedo exigirle tanto a otros cuando yo misma estoy cargada de cien mil errores, de cien mil actos que probablemente llegaron a molestar y a causar dolor. Lo que más he parendido de la vida es que lamentablemente (si la cosa es buena) y por suerte (si la cosa es mala) todo cambia, aún aferrandonos a toda costa, llegar un día en que todo se modifica.